domingo, 8 de noviembre de 2020

Los enfoques sobre Biden

 


Los dos eran peores, pero Biden era más peor para algunos y Trump para otros.

 

Para Putin era más peor Biden. Fue Obama el que empezó con el Maidán, las “sanciones” a Rusia en 2014 y el golpe en Ucrania. Allí Biden jugó un papel protagónico. Mientras Trump contó con el FBI tuvo a Biden contra las cuerdas con el affaire ucraniano. Por su parte, cada vez que el Partido Demócrata sufrió filtraciones de sus negociados culpó a Rusia de haberlo hackeado, mientras el Departamento de Estado USA seguía rodeando a Rusia de más y más misiles. Finalmente, tras la arrolladora victoria electoral de Zelensky en Ucrania, buen vecino de Rusia, Trump consiguió pruebas contra la conspiración del hijo de Biden en Ucrania, pero ni Fox lo levantaba ya con entusiasmo. El poder fáctico, el Estado Profundo estaba dictando sentencia. Siempre y en principio contra Bernie Sanders (por descontado) y en seguida a favor de Biden. Es cierto que el Deep siguió acosando muy especialmente al gasoducto del báltico de Rusia a Alemania en tiempos de Trump, pero Putin sabía que cuando Trump retiró las tropas yanquis de Siria, el Deep las mandó volver. “No es contigo”, le decía Putin a Trump, “es con todos los que ocupen tu lugar y peor que peor Biden”.

 

Para Irán era peor Trump. El disfónico del reality show se retiró del 5 + 1 y le declaró la guerra a Irán al proclamar su autoría del asesinato de Soleimani en Irak. Además tiene lazos filiales con Netanyahu y hasta le inventó un “Acuerdo del siglo” fantasioso. Biden fue el principal operador senaturial demócrata para invadir Irak, pero difícilmente tras la difusión orquestada de las burlas de Obama al teléfono de Macron sobre Netanyahu, Obama hubiese trasladado la embajada a Jerusalén, tal lo hizo Trump.

 

También para Cuba era peor Trump. Obama pensó más en los intereses del Imperio, muy desgastado internacionalmente por el estancado bloqueo a Cuba, que en la cuestión electoral. En cambio Trump se jugó a extremar las “sanciones” a más no poder, impidiendo incluso las remesas, para asegurarse el voto gusano en La Florida, un seis por ciento residente en Miami, pero desde hace un tiempo con algunos puntos más de los escuálidos, que todos juntos no bajaron del 85 % a  favor del Partido Republicano entre esas colectividades, consolidando una holgada vitoria de Trump en un Estado donde en otras ocasiones estuvo reñido.

 

Para China cualquiera de los dos peores le daba lo mismo. Si volvían los globalistas (Biden) volvía a ganar China (más que antes), si seguían los antiglobalistas (Trump) seguía ganando China (también más que antes). No es que les chupen un huevo pero, salvo la militar, las otras amenazas (comercial, financiera…) se las toman con calma. Con enérgica paciencia todas.

 

Para Venezuela también, cualquiera de los dos peores era lo mismo porque cualquiera de los dos es el peor mismo. Desde George W. Bush hasta hoy, cada nuevo Presidente de EEUU fue peor para Venezuela. Eso no va a cambiar. Venezuela es desde la Revolución Bolivariana la mayor piedra en el zapato de USA.

 

LOS ENFOQUES DE LAS CORPORACIONES

 

A Biden lo votó gran parte del capital financiero, casi todas las corporaciones mediáticas, las tecnológicas, las operaciones de las encuestadoras y, crecientemente, sectores del medio oeste y del norte decepcionados con el incumplimiento de Trump de su promesa electoral de volver a poner de pie fuertemente la industria o de colocar sin dificultades los granos (tuvo dificultades con China; se puede hablar de un voto decisivo chino por cautelosos cumplimientos de la fase uno del acuerdo de enero, luego de que en los meses más intensos de campaña electoral, el Deep vendió misiles a Taiwán).

 

A Trump lo votó otra gran parte del capital financiero, el lobby energético, gasífero y petrolero, el lobby del gobierno de Israel y, crecientemente, sectores de la población afro (con más de un 10 por ciento de trasiego de votos hacia los republicanos) y latina (con más de un treinta). Esto se explica, además de por los muy minoritarios grupos ya mencionados conspiradores contra Cuba desde hace sesenta años y contra Venezuela desde hace veinte, por efecto, paradójico, del discurso xenófobo de Trump. Muchos negros y latinos se sienten fundamentalmente ciudadanos yanquis y temen la llegada torrencial de inmigrantes que les disputen puestos laborales.

 

Muchos dicen que Trump tuvo una gran votación. Superior a la de 2016 y contra todos los pronósticos y aún mayor oposición del lobby mediático, ya que está vez la única gran cadena que supuestamente lo apoya, Fox, tuvo menos fervor y las tecnológicas censuraron parte de la campaña Steve Bannon. Es discutible. Ciertamente las cinco grandes cadenas, incluida Fox, cortaron el discurso de Trump post electoral denunciando fraude y lo sacaron del aire, o lo vapulearon editorialmente (caso CNN), lo que demuestra, más allá de que que Trump estuviera mintiendo o no con su denuncia (sustancialmente Trump no miente menos que Bush y sucesores cuando transportaron a las cadenas televisivas en sus tanques al invadir Afganistán e Irak), dónde radica el poder real o dónde se expresan en primer término los poderes fácticos de la economía real. El mediático no es el cuarto poder. Es el primero y si quiere mandar “que cierre el culo” al mismísimo Presidente de USA, lo manda.

 

Es así desde hace al menos un siglo, desde los sucesos en que basa Orson Welles su genial Citizen Kane. Por eso es surrealista que se discuta la parte referida al control hegemónico en la nueva Ley de medios en Uruguay, suponiendo “independencias de periodistas y redactores de ‘información’” o canales del interior “alternativos”, o “puede haber líneas editoriales”, entre la ingenuidad y el relativismo kantiano con que lo hicieron en Legítima Defensa. La subordinación del poder político al mediático en Uruguay es tan antigua que ya tallaba, con suficiente antelación para actuar con sentido común, desde hace sesenta años, cuando un gobierno blanco repartió las tres señales de la naciente televisión comercial al aire, entre los dueños de las tres radios hegemónicas, aunque dos de ellos eran colorados y sólo uno blanco.

 

La Ley de medios frenteamplista fue un amague de tocada de hombro, postergado diez años en veremos y cinco en reglamentaciones y no usufructuada en su único aspecto relativo al poder (la concesión de Mujica de un canal al aire al PIT-CNT). la actual Ley del gobierno, es un ataque gravísimo a ANTEL, pero en materia de dominio de mensaje y control de agenda, el oligopolio hizo siempre lo que quiso y lo que ahora expresa, al prestar displicente desatención al tímido dedo con que el Frente gestualizó su “tengo que fingir un poco que quiero tocarte” es un “salí de ahí, sacá de encuadre ese dedito ridículo” ni siquiera dicho, desdeñosamente sonreído con una breve mirada sobre el hombro.  

 

¿QUÉ PUEDE HACER BIDEN?

 

Algunos analistas sugieren que ha nacido el “trumpismo”, porque para 2024 el magnate inmobiliario puede volver a hacer campaña postulándose a Presidente, pero estas ventajas de rivales pusilánimes por el insípido camino del medio, no va a tenerlas siempre. De hecho, fue Sanders, con su exacto pronóstico de lo que Trump haría (declararse ganador y protestar fraude) quien ha hecho nacer algo nuevo en USA desde hace una década, que algún día se va a resumir en victoria.

 

Si es por sus teorías conspirativas protonazis, el “trumpismo” nació en entreguerras del siglo pasado y el auge de esas teorías en el mundo actual son apenas expresión de que no tienen contrapeso de “sociedad de bienestar" imperialista alguna, de que no hay New Deal ni Doctrina Truman, ni Plan Marshall, si siguiera Alianza para el Progreso, que pueda el imperialismo proponer megaendeudado como está, para la neoglobalización que plantea ya un nuevo Bretton Woods pero sin sistema SWIFT. Se anuncia que el Presidente del Tesoro de Biden va a ser el CEO de Black Rock. “Abandonad toda esperanza…”

 

Biden no puede volver a los acuerdos Transpacífico y transatlántico que Trump estropeó, sin hacerse cargo de los arrolladores avances chinos en estos cuatro años en la nueva ruta de la seda, especialmente en este año en que la del gigante asiático es la única gran economía que crece y bastante.

 

Biden no puede, no tiene manera de volver atrás la consolidación de la unidad sino-rusa, los gasoductos hasta Alemania en el Norte y Turquía en el centro, el avance financiero digital chino y el fortalecimiento militar cualitativo ruso y hasta de Corea ante las bravuconadas de Trump.

 

Puede, sí, volver al Pacto Climático de París y al acuerdo con Irán, al desenfreno acrítico del gasto militar y al guerrerismo “excepcionalista” de Obana (no olvidemos que el Partido Demócrata es el gran partido doctrinario imperialista de USA; aunque aparezca un tanto progre y liberal en lo interno no rehúye ninguna posibilidad de invadir otros países), pero su nombre actual no es Bond y Sean Connery ha muerto. Gran actor más allá de fama, la figura de Connery remite a un pasado que no ha de volver.  

   

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