domingo, 15 de abril de 2018

Zuckerberg, Assange y Snowden, los tres






Los congresistas yanquis sentaron a Mark Zuckerberg, el creador de Facebook, en "el banquillo de los acusados" (una silla con electrodos). Ya era hora.

A fines de los 80 se polarizó la discusión sobre la conveniencia o no para la humanidad del disco interactivo, reciente innovación de entonces. De un lado, el mejor relato de sus detractores lo hizo Paul Virilio y del otro, el más interesante para mí fue el de Félix Guattari.

Guattari en El devenir de la subjetividad predijo que el desarrollo del disco interactivo como redes sociales sería un factor democratizador. Todavía no existía Facebook. Zuckerberg, con sus tres añitos recién cumplidos, cursaba jardín de infantes. Internet no era otra cosa que un proyecto militar del imperialismo que su inventor miraba con recelo, como doctor Jekill a mister Hyde si hubiese leído a Stevenson.

Zuckerberg creció (no muy alto pero bueno para los negocios y la tecnología), creó la aplicación del disco interactivo más democratizadora al día de hoy, la que le devuelve la imagen a miles de millones de personas cumpliendo así uno de los derechos humanos que La Enciclopedia prefiguró, acumuló unos setenta mil millones de dólares en ganancias de Facebook y, lógicamente, expuso la Internet a que los chinos crearan sus propias redes sociales, desarrollándolas "con características chinas" y controladas por ellos mismos (ya se sabe, mister Trump, que los chinos dedican su paciencia a "robar" transferencias tecnológicas).

Imagen siempre tuvimos todos, pero a las masas nadie se las devolvía individualizada. Hollywood en las películas de romanos los ridiculizó (a las masas, a los romanos y a todos los latinos, casi tanto como a los indios y a los rusos; todos éramos Dimitri). El derecho a la devolución de la imagen, a que alguien en la vida te diga lo que vio de vos, de tu propia, personal y singularísima imagen, que te lo diga en tu propio muro, un "me gusta", un comentario, empezó a universalizarse junto con la irrupción en política de miles de millones que antes no participaban. Zuckerberg jugaba en su jardín inocente y doctor Jekill ya no podía destruir a mister Hyde porque ¿algo puede serle peor que dejar libre también ese espacio para que los chinos desarrollen su propia red en otros idiomas?

Entonces los congresistas yanquis sientan a Zuckerberg en el banquillo-silla con electrodos y le dan una devolución para que tenga.

Zuckerberg cada vez se les parece más a Julian Assange y a Eduard Snowden. Estos le entregaron al mundo información discernida. Aquel saturó a la CIA de contrainformación (siguiendo la metáfora de Chesterton, Facebook es donde jamás se encuentra una aguja). No sé cuál de los tres les rompió más las bolas, pero sospecho que Zuckerberg.