domingo, 2 de diciembre de 2018

“Clientelismo” vesrsus moralina burguesa





No es muy difícil para un político mercancía electoral de izquierda hacer autocrítica de verdad sin morir en el intento. Es imposible.



Si partimos de la base de que tenemos que ganar las elecciones éstas, las próximas, las siempre inminentes y cada vez más inminentes siempre, dentro de la correlación de medios que ya existe y no tenemos tiempo ni fuerza para cambiar ya, con el sentido común construido por el enemigo con todos sus medios, masivos y sociales, con su inagotable financiamiento propio, de clase, entonces nuestros principales productos en el mercado electoral, sólo pueden hablar para la tribuna, haciendo la “autocrítica” que los medios y el sentido común mediáticamente creado les exigen.


No sólo es lo único que pueden decir, sino que es lo que deben hacer, porque las elecciones es imprescindible ganarlas en la cancha que se jueguen.



Sin embargo, por debajo de la plutocracia mediática, de su poder de compra en el mercado judicial y hasta legislativo, avanza o debería avanzar si es que el tiempo está a favor de los pobres, una democracia menos incierta, donde la izquierda tenga su voz propia, su propio centro y no el “centro” que la derecha le pone en la agenda cada vez más a la derecha.



Para avanzar esa democracia es necesario desmonetizar los eufemismos y usar categorías científicas revolucionarias. Cuando la izquierda era oposición, usó con necesaria demagogia la expresión “clientelismo” para atacar un aspecto del antiguo cambio estructural que produjo el modelo batllista desde principios del siglo pasado –con parte del Partido Nacional en su bloque de poder, e incluso militares y hasta a veces la policía-, pero no debió la izquierda atarse las manos a esa crítica-crítica, por mucho que la hizo y tuvo que hacerla. Era una acusación de coyuntura.



El antiguo mecanismo del Pepe Batlle y luego de Luis para que la categoría política pueblo  identificase sus conquistas con “el poncho de los pobres” (como definió el Pepe Batlle al batllismo), había devenido corruptela barata, pero eso no significa que no haya que identificar las conquistas con quienes las lograron. Por el contrario. Y mucho más cuando se trata de una izquierda en el gobierno, porque el sentido creado por el enemigo juega para naturalizar las conquistas en “derechos” y hacerlas pasar por la “neutralidad” del Estado, que es, siempre, un instrumento de opresión de clases.



Hoy muchos de nuestros dirigentes muestran asombro de que mayorías –sobre todo de capas medias- favorecidas por gobiernos progresistas en nuestro continente, terminen votando por los enemigos más acérrimos de esas capas y sectores de clase, pero ¿dónde estaba la tarjeta del dirigente medio que le aclarara al votante bombardeado por la ideología televisiva que su prosperidad no era fruto exclusivo de su “mérito” personal ni de un dios pentecostal u otro cualquiera –el de los católicos derechureros de la época del Pepe, por ejemplo, que fue anticlerical, pero selectivo, como Artigas, porque Artigas rechazó a los curas porteñistas y los echó rompiendo airadamente relaciones con las autoridades del clero secular porteño y Batlle (cuyo gabinete era preponderantemente masón), trajo de vuelta a los jesuitas, pero sin concesiones en la separación entre Estado e Iglesia)?


¿Dónde estaba el cartel del club político –que Batlle quiso que fuese soviet- o del comité de base del FA, para hacer pasar debajo de la consigna de la fuerza política del pueblo que las conquistó, las conquistas de esa categoría política, sin que la oligarquía las naturalizase como una casual deriva del Estado?


Y lo más determinante: ¿Dónde estaba el diario “El Día” que durante medio siglo hizo contrapeso, el símil de nuestra época al poder de aquel diario –es decir un canal de televisión que hiciera auténtica contrahegemonía como opción de gobierno con cierta cuota de poder?



Y para peor, muchos de nuestros dirigentes se pasaron dirimiendo por los medios masivos del enemigo, las disputas internas del FA que debieron haber fortalecido la estructura de bases de nuestra organización, tramitándolas en exclusiva.



Después resulta que lo único que nos queda para confrontar con el relato y la construcción de sentido de los misiles mediáticos que posee en propiedad el imperialismo y la oligarquía monopolizando la censura, es precisamente esa estructura de bases frentistas que, por intereses o apretes personales a que fueron sometidos por los medios hegemónicos, muchos de nuestros dirigentes, dejaron hecha un escarbadientes.



Deberían aprovechar estos días de asambleas y congreso del FA (“la historia de la libertad es la historia de las asambleas”) para hacer al menos en nuestro ámbito, prácticamente ya furtivo, una autocrítica sincera, sin la moralina burguesa parcializada que les inyectó la agenda de los dueños de los canales abiertos, la misma que hoy siguen los canales públicos.


Hicimos una gestión para ganar con el 90 % de los votos, pero no avanzamos la democracia en término de poder popular y nos puede costar el propio gobierno.


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