viernes, 15 de julio de 2022

Los escándalos de Hunter Biden

 


Hunter Biden, hijo del presidente de los Estados Unidos, perdió (o, según los demócratas, le robaron los servicios de inteligencia rusos) una laptop que había dejado a reparar en un local de Delaware.


La máquina resultó una caja de Pandora. Sus archivos revelaron que Biden era accionista en 2014 de la principal gasífera de Ucrania, luego financista de unos treinta laboratorios biológicos de ese país, que manipulaban gérmenes patógenos, que era socio de emprendimientos chinos y traficante de influencias con tecnológicas y otros lobbies. Al parecer los rusos diseminaron pruebas entre medios anglosajones y los escándalos de Hunter Biden han ido apareciendo en periódicos republicanos desde la campaña electoral 2020.


En enero, el New York Times y el Washington Post, de tendencia demócrata, también publicaron partes del contenido de la computadora, quizás para evitar que las usaran los republicanos cuando la campaña estuviese al rojo (el color de los republicanos) vivo, en octubre y noviembre, para las elecciones de medio término.


Pero ahora aparece una serie de fotos y videos de Hunter filmándose a sí mismo en múltiples relaciones sexuales y pesando aparente cocaína. La difundió el New York Post, llegó a Fox y estalló en las redes de EEUU y del mundo.


Joe Biden no va a perder por eso las elecciones de noviembre y las mayorías en el parlamento. Las va a perder por la inflación, el desempleo, la crisis de vivienda, la política migratoria, entre otros motivos sociales y económicos. Las nuevas filtraciones no están dirigidas, en sí mismas al mercado electoral, sino en tanto previas a escándalos más político partidarios, pero impactan en el tema Ucrania, en momentos que lo estaban retirando un poco de agenda, debido a la derrota militar de Zelenski y al desgaste de la propaganda occidental.


El efecto electoral es dudoso, decimos, porque aunque varios portales internacionales titulan “Hunter Biden: drogas, prostitución y negocios turbios”, en Estados Unidos propiamente, estos temas nunca han sido causal de desprestigio seguro. El NYT y el Washington Post publicaron historias sobre el ordenador de Hunter con la preocupación principal en la investigación que “puede llevarle al banquillo”, el tráfico de influencias y la que revela secretos de Estado, los laboratorios de guerra biológica.


El NYT y el WP examinaron la veracidad de miles de correos presuntamente del ordenador del hijo del presidente, donde aparecieron fotos de “Hunter Biden tomando drogas o con prostitutas desnudas”. Estas son las imágenes de más reciente propagación. Mientras, continúa la investigación sobre sus negocios (los del Pentágono, porque está claro que la principal empresa del sector energético estratégico y laboratorios militares son de interés imperial), y se difunde más información sobre los pagos que Hunter Biden hizo por todo el mundo.


Las consecuencias de amantes escandalosos, disolutos o promiscuos, relacionados al consumo y tráfico de drogas ilegales, en Estados Unidos tienen varios bemoles.


El último que dimitió por cuestiones semejantes fue el republicano Paul Wolfowitz (ex subsecretario del Departamento de Estado), que aumentó a 200 mil dólares anuales el sueldo de su amante en el Banco Mundial y recibió el rechazo del sector europeo del Banco a cuya presidencia se vio obligado a renunciar en junio de 2007.


El escándalo Wolfowitz sólo tenía antecedentes mayores en los demócratas Bill Clinton y John Kennedy. Aunque este último no derivó en renuncia sino en asesinato y únicamente trascendió años después.


Wolfowitz había subido a los primeros planos del poder en tiempos de Reagan como planificador político del Departamento de Estado. Luego fue embajador en la Indonesia del dictador Suharto, subsecretario de Defensa en el gobierno de Bush padre y fue uno de los instigadores de la guerra de Irak contra Irán. Durante la Presidencia de Clinton salió del gobierno pero fue asesor de la poderosa industria armamentista aeroespacial Northrop-Grumann. En el gobierno de Bush hijo fue Subsecretario de Defensa, de nuevo. Luego, Bush hijo lo nombró Presidente del Banco Mundial, del que tuvo que renunciar por el “escándalo Shaha Ali Riza”, funcionaria de comunicación social de esa entidad, conocida feminista militante, miembro del National Endowment for Democracy, que, cuando comenzó su relación con Wolfowitz ambos estaban casados con sus respectivos cónyuges. El tipo tenía más de tres millones de muertes encima pero cayó a la larga por un sueldo de 200 mil dólares en un organismo “multilateral”.


Ese escándalo recordó el de la infidelidad de Bill Clinton a Hillary y el de John Kennedy a Jacqueline, aunque este haya sido una carta de cambio entre el FBI y los Kennedy.


LOS PRESIDENTES Y EL PODER REAL


Bob Kennedy, hermano del asesinado presidente, no investigó el asesinato de John porque Hoover (director del FBI) tenía pruebas bajo la manga; Clinton prefirió pagar para ver las cartas sobre la mesa. No le fue nada mal, considerando que 25 años después tuvo tiempo de participar en el affaire Epstein, de prostitución bip y pederastía. Siguen siendo los Clinton los verdaderos titiriteros del elenco político demócrata.


Debe darse a los mendigos de la magia, del encanto, del atractivo y del brillo una nueva clase de heroísmo político. La política de los Estados Unidos sería también su mejor película. Estados Unidos creía en los atletas, en los aviadores, en los contrabandistas de alcohol, y aún en los amantes, en los tiempos en que Valentino murió. Ahora creería en los Kennedy que, gracias a su padre, combinan el tráfico de alcohol con el brillo rutilante de Valentino”, escribió Norman Mailer en “Superman llega al Supermercado”. Esa película de la política americana (la mejor de Hollywood, según Mailer) ya la comentaron avant première Orson Welles en El Ciudadano y Oliver Stone en JFK; pero todavía está en rodaje, y tras el protagónico de Bill Clinton y el semiprotagónico de Paul Wolfowitz, se ha ganado un papel vicario Joe Biden, con balanza con cocaína en primer plano. El título podría ser “en occidente la pesan los dirigentes”.


En la anglicana USA, dos de estos cuatro clanes son católicos romanos, los Kennedy y los Biden, se supone más laxos por religión. Hoover tenía para regalar (o vender) de Kennedy a algún medio masivo las pruebas sobre la relación del Presidente con la amante del capomafia San Giancana, la mediática Judith Campbell, “terriblemente parecida a Elizabeth Taylor”, que John Fitzgerald “heredó” de Frank Sinatra.


Kennedy, en la noche del miércoles posterior a las elecciones que lo ungieron presidente de los Estados Unidos, se reunió a cenar con varios amigos. Entre los tópicos de las discusiones resaltó lo que “Jack” debería hacer primero al frente del gobierno. Uno de los chicos propuso que lo primero que debía hacer era echar a Hoover del FBI y a Dulles de la CIA. Kennedy nunca le hizo caso. No pudo. Dulles se fue después de Bahía de Cochinos y Hoover se mantuvo implacable en su puesto. Según Garry Wills, en su libro “El aprisionamiento de los Kennedy”, el presidente y su hermano Robert podían “enfrentarse a Nikita Krushchov o a la corporación acerera US Steel, pero no a Hoover (…). La extraña pasividad de Robert Kennedy fue notable en la investigación de la muerte de su hermano. No sólo mostró falta de curiosidad por conocer al asesino o a los asesinos, sino que se esforzó por sofocar los rumores de una conspiración. Después del asesinato concedió una entrevista a Willian Manchester, en la que se opuso a la teoría de la conspiración, ocultó el informe de la autopsia y apoyó a la Comisión Warren (la que declaró asesino al solitario repartidor de volantes Lee Oswald, en un documento plagado de anacronismos) sin siquiera haber leído el informe”. Arthur M. Schlesinger, en su biografía, de 1.163 páginas, “Robert Kennedy y sus tiempos”, cuenta que Robert “hizo arreglos con su hermano para que comiera a solas con Hoover cada dos o tres meses”.


(Otra vez Wills) “Judith Campbell entrelazaba su aventura presidencial con los amores de San Giancana, mafioso que estaba bajo permanente investigación por actividades criminales y en connivencia con la CIA para asesinar a Fidel Castro. Por todas estas razones los amores del presidente tenían que acabar en los archivos del FBI”. Según Judith, Kennedy trataba de arreglar encuentros todavía más peligrosos que en un cuarto de hotel. La invitó a volar con él en el avión presidencial. “Pienso que simplemente John amaba la intriga”, dice (y el sexo entre nubes). Y estamos hablando del Presidente de EEUU con mayor poder personal, fortuna familiar de primer rango, control del aparato político y magnetismo de masas impar.


Cuando a Clinton le estalló el “sexgate” (“¿Qué hacías con los pantalones bajos?” tituló el Washington Post) fue por una ex empleada estatal de Arkansas (estado natal de Bill, del que fuera gobernador antes de acceder a la primera magistratura), Paula Jones, que acusó a Clinton de haberle provocado “un fuerte estrés emocional mediante un contacto físico no deseado”. Según la mujer, en una habitación de hotel, en mayo de 1991, Clinton le habría puesto las manos encima, se habría bajado los pantalones y habría pretendido que le hiciera una felatio.


Ese no es el estilo de Billy –coincidieron en señalar Gennifer Flowers, Sally Perdue y Bobbie Ann Williams, ex amantes de Clinton, que aparecieron entonces en todas las primeras páginas de los diarios, menos la del New York Times, bajo el título –paráfrasis del best seller de Bob Woodward y Carl Berstein sobre el Watergate– “Todas las mujeres del Presidente”. Gennifer reconoció haber sido amante de Bill durante años, pero también reveló haber rechazado una oferta de mucho dinero por establecer una denuncia del tenor de la de Paula Jones. El hermano de Jones declaró a la televisión que no creía en la versión de Paula: “Siempre tuvo buen olfato para el dinero”. Pero la credibilidad del presidente terminó de caer cuando Mónica Lewisky lo denunció por la felatio en el salón oval. De todos modos All Gore, vice de Clinton (que ya había terminado su segundo mandato y no podía ser reelecto), ganó las elecciones, perdió la Presidencia por presunto fraude y un sistema de electores mañoso (que persiste) y, veinte años después, Bill Clinton apareció filmado en la casa de Jeffrey Epstein en la isla de Saint James, rodeado de algunas de las menores de edad captadas por éste. Puede verse en un documental de Netflix de hace un par de años. De todos los nombres que silenciaron al suicidar a Epstein por ahorcamiento en su celda individual del Centro Correccional de Manhattan, el de Bill fue el único que no necesitaba cobertura.


LOS SECRETOS DE HUNTER BIDEN, EL FSB Y LA COVID


En 1963, escandalizaba a los británicos la revelación de la relación entre el ministro de Defensa John Profumo (del Partido Conservador) y “su bella amante Cristine Keeler” –agente soviética de la KGB (Putin tenía entonces doce años; no había ingresado todavía al KGB, pero seguro que en la próxima película con esta trama, de Jefe de Cristine van a poner al actor más parecido a Putin que encuentren–. La prensa de entonces trataba a Keeler como a “una diosa del sexo y de la intriga”, que tendría la tarea, encomendada por un incierto médico (el igualito a Putin), de sonsacar al ministro de Defensa una serie de secretos nucleares.


El KGB cambió de nombre a FSB, en tiempos del beodo bersteiniano Boris Yeltsin en la presidencia de Rusia. Vladimir Putin fue director del FSB tras haber comandado el KGB en Leningrado y en la RDA. Que el laptop de Hunter Biden lo tiene la FSB, se infiere de que Donald Trump ha dicho que Vladimir Putin debería presentar pruebas sobre el supuesto tráfico de influencias de Hunter Biden durante su etapa como accionista en la empresa energética ucraniana gasífera Burisma. Y dobló sus acusaciones de corrupción. “Ahora que Putin no es exactamente un fanático de nuestro país, dejen que se explique, ¿por qué la esposa del alcalde de Moscú les dio a los Biden, a ambos, 3,5 millones de dólares? Eso es mucho dinero”, dijo el expresidente.

Pero el caso más grave y acuciante para el Deep State en la cuestión ucraniana de Biden son los laboratorios.


Según la cadena CNN una investigación federal sobre Hunter Biden cobra impulso al salir a flote nuevos detalles sobre sus negocios en el extranjero. Reiteramos: “sus negocios” son demasiado estratégico militares para personalizarlos.


Los posibles cargos para Biden y sus asociados podrían incluir evasión de impuestos, lavado de dinero o violación de leyes de cabildeo foráneas e incluso leyes de armas, ya que un artefacto de fuego que compró fue desechado en un contenedor de basura de Delaware, recordó el canal televisivo.


Por su parte, Fox News emitió un episodio de “Tucker Carlson Today”, en el cual su anfitrión reveló que el programa pudo acceder a una serie de documentos que confirman que el Gobierno estadounidense financió laboratorios biológicos en Ucrania.


Los expedientes, que habría facilitado un antiguo alto funcionario de Washington, argumentan que la Casa Blanca suministró, a través del Departamento de Defensa, recursos para la investigación de ciertos «patógenos letales» en territorio ucraniano.


Según la Fox, algunos de los archivos del laptop de Biden, fechados entre 2007 y 2008, detallan que el Pentágono aprobó el desarrollo de un “proyecto de cartografía multipatógena” para “obtener las firmas moleculares de los patógenos endémicos para Ucrania y trasportar las cepas”, entre otros objetivos.


Tucker Carlson dijo además, que sus asistentes obtuvieron también ciertos documentos de las autoridades ucranianas que contienen una lista de 30 laboratorios biológicos ubicados en ese país que eran financiados por el Departamento de Defensa de Estados Unidos.


También el diario británico Daily Mail aseguró que “Hunter Biden participó en la financiación de una empresa en Ucrania, especializada en investigación de patógenos peligrosos”.


A fines de marzo, el Ministerio de Defensa de Rusia informó que dispone de la correspondencia de Hunter Biden, que confirma su vínculo financiero con los biolaboratorios para usos militares en Ucrania.


En Mayo, Zhao Lijian, portavoz de cancillería china, en conferencia de prensa en Beijing, señalaba: “Las actividades biomilitares estadounidenses en Ucrania son sólo la punta del iceberg. El Departamento de Defensa de Estados Unidos tiene el control de 336 laboratorios biológicos en 30 países del mundo bajo nombres como “cooperar para reducir los riesgos de bioseguridad” y “fortalecer la salud pública global”. ¡336, y no me has oído mal! Estados Unidos también ha realizado una enorme cantidad de actividades militares biológicas en la base de Fort Detrick, que se encuentra dentro del territorio estadounidense”.


Después de haber negado las acusaciones, la ‎subsecretaria de Estado Victoria Nuland –de relevante papel en el golpe de Estado del “Euromaidán” en Kiev, en 2014; quien entonces sentenció “fuck the UE” ante el reparo de que Europa saldría perjudicada– ‎declaró ante el Senado de Estados Unidos, el 8 de marzo de 2022: ‎


‎”Ucrania tiene… instalaciones de investigación biológica. Tememos que las tropas rusas ‎traten de controlarlas. Así que tratamos, con los ucranianos, de garantizar que ese ‎material de investigación no caiga en manos de las fuerzas rusas”.


A todo esto, el profesor Jeffrey Sachs, tras dos años al frente de la Comisión COVID de la revista médica ‘The Lancet’, apunta estos días a un laboratorio biotecnológico estadounidense como origen del SARS-CoV-2.


‎“Estoy bastante convencido de que salió de la biotecnología de un laboratorio de Estados Unidos”. En conferencia GATE de julio, el profesor estadounidense ha explicado que el SARS-CoV-2 no se originó en la naturaleza y ha recalcado que llevan dos años de estudio sobre la pandemia. La COVID-19 “es un error garrafal de la biotecnología, no un error de desbordamiento natural”.

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