La va de pragmático, pero en los hechos, en los dichos, en los no dichos y en los negados es profundamente fundamentalista, anglosionista. Dice que no sabe si va a ir a reunirse con Pedro Sánchez y Claudia Sheinbaum porque es un "encuentro partidario". ¡Qué excusa desfasada! En realidad, todos los encuentros que tuvo él, internacionales, y los que tuvieron los anteriores presidentes de Uruguay fueron de índole partidaria, estrictamente de índole idéntica; el movimiento “futuro” que organizaron en Uruguay, los encuentros en Chile con Boric de anfitrión, todos encuentros de concurrencia frenteamplista, el encuentro de Lacalle en el foro Llao Llao en Bariloche, con Milei y Peña, hablando de Ucrania, “oriente medio” y “la ofensiva iraní”, el de la Fundación Libertad, en Buenos Aires, con Aznar y Macri. Y ninguno violó nada, ni lo haría Orsi viajando a Barcelona con Pedro Sánchez de anfitrión de un encuentro de presidentes del que participan Lula, Petro, Shaimbaun….
La verdadera difrencia es que esta vez es con dos jefes de Estado que miden hacia dónde va el viento y han enfrentado, y están enfrentando, a Donald Trump, de manera muy efectiva.
Reconozco que es imposible hacerse una idea cabal de la trascendencia, la magnitud y la prospectiva de la derrota que ha sufrido en Asia Occidental el imperialismo. Un resultado militar determinante hasta en el último recoveco de la política mundial. Pero Orsi, aún sin esa cabal comprensión, al menos debería darse cuenta de que Trump está solo. No le queda ni siquiera Orbán, al que apoyó en las elecciones que perdió con Péter Magyar, escindido del mismo partido Fidez, y diferenciado solo en su relación con Trump. Éste envió a J.D. Vance a apoyar a Orbán; es decir: además de perdedor, es yeta. Magyar asumió dando señales de cooperación con Rusia, agradeciendo la disposición de Moscú a las mismas, pero por supuesto apoyando a la Unión Europea contra Trump y Orban.
Desde ya, es sobre todo una victoria de la Unión Europea que en este momento está enfrentada a Trump, no solo por Groenlandia, sino en contra del absurdo reforzamiento del bloqueo al estrecho de Ormuz. En ese sentido se expresaron Sir Keir Rodney Starmer de Inglaterra (“el mal llamado Rodney”, diría Arismendi), el propio Macron de Francia, desde luego Pedro Sánchez de España, Italia a través de Giorgia Meloni y seguramente lo hará Alemania con Merz. Nunca en toda su historia el imperialismo yanqui estuvo tan aislado. Sus socios en el Sudeste Asiático les recriminan los daños y perjuicios que les ocasionó sin preguntarles su opinión, desde Corea del Sur hasta Nueva Zelanda, pasando por Japón, Australia y los rescoldos que pudo haber recogido Biden de la ASEAN en su reunión de "diez más uno".
Cualquiera de los que se tiraron por la borda del Titanic tenía más instinto político que Yamandú Orsi. Este tiene el "pragmatismo" de un sirviente del Jardín de los Cerezos, que en la obra de Chejov se queda solo, cerrando el final, fiel a sus amos en ruinas, que tuvo por correlato histórico la fidelidad fatal de los zaristas en la Ekaterimburgo de 1918, cuando la familia “real” debió ser un botín restante a los invasores intervencionistas que llegaban a los Urales.
En 1942, Leningrado se quedó sin ratas. Los habitantes de la ciudad sitiada por los banderistas ídolos de Zelenski y, por transitiva, de Lubetkin, comenzaron a comer los cadáveres de los bombardeos porque no quedaba otra comida. Hacían pan con las suelas de los zapatos de los muertos. Las ratas se retiraron. Es posible que alguna, atravesando la nieve, haya llegado al otro lado del cerco y sobrevivido.
No le pido a Orsi dignidad ni principios, ni que cumpla con el pacto electoral de un Frente Amplio que sigue siendo, por definición fundacional, antiimperialista. No le pido que no le tema a Trump ni que no sea genuflexo ante sus mensajeros Schipani y Botana. No le pido ni siquiera una pizca de soberanismo; no le pido ni siquiera que no sea pusilánime, tan solo le sugiero que tenga, al menos, el instinto pragmático de una rata de Leningrado en 1942.
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