viernes, 17 de abril de 2026

Un sirviente del Jardín de los Cerezos en Ekaterimburgo, 1918

 


La va de pragmático, pero en los hechos, en los dichos, en los no dichos y en los negados es profundamente fundamentalista, anglosionista. Dice que no sabe si va a ir a reunirse con Pedro Sánchez y Claudia Sheinbaum porque es un "encuentro partidario". ¡Qué excusa desfasada! En realidad, todos los encuentros que tuvo él, internacionales, y los que tuvieron los anteriores presidentes de Uruguay fueron de índole partidaria, estrictamente de índole idéntica; el movimiento “futuro” que organizaron en Uruguay, los encuentros en Chile con Boric de anfitrión, todos encuentros de concurrencia frenteamplista, el encuentro de Lacalle en el foro Llao Llao en Bariloche, con Milei y Peña, hablando de Ucrania, “oriente medio” y “la ofensiva iraní”, el de la Fundación Libertad, en Buenos Aires, con Aznar y Macri. Y ninguno violó nada, ni lo haría Orsi viajando a Barcelona con Pedro Sánchez de anfitrión de un encuentro de presidentes del que participan Lula, Petro, Shaimbaun….

La verdadera difrencia es que esta vez es con dos jefes de Estado que miden hacia dónde va el viento y han enfrentado, y están enfrentando, a Donald Trump, de manera muy efectiva.

Reconozco que es imposible hacerse una idea cabal de la trascendencia, la magnitud y la prospectiva de la derrota que ha sufrido en Asia Occidental el imperialismo. Un resultado militar determinante hasta en el último recoveco de la política mundial. Pero Orsi, aún sin esa cabal comprensión, al menos debería darse cuenta de que Trump está solo. No le queda ni siquiera Orbán, al que apoyó en las elecciones que perdió con Péter Magyar, escindido del mismo partido Fidez, y diferenciado solo en su relación con Trump. Éste envió a J.D. Vance a apoyar a Orbán; es decir: además de perdedor, es yeta. Magyar asumió dando señales de cooperación con Rusia, agradeciendo la disposición de Moscú a las mismas, pero por supuesto apoyando a la Unión Europea contra Trump y Orban.

Desde ya, es sobre todo una victoria de la Unión Europea que en este momento está enfrentada a Trump, no solo por Groenlandia, sino en contra del absurdo reforzamiento del bloqueo al estrecho de Ormuz. En ese sentido se expresaron Sir Keir Rodney Starmer de Inglaterra (“el mal llamado Rodney”, diría Arismendi), el propio Macron de Francia, desde luego Pedro Sánchez de España, Italia a través de Giorgia Meloni y seguramente lo hará Alemania con Merz. Nunca en toda su historia el imperialismo yanqui estuvo tan aislado. Sus socios en el Sudeste Asiático les recriminan los daños y perjuicios que les ocasionó sin preguntarles su opinión, desde Corea del Sur hasta Nueva Zelanda, pasando por Japón, Australia y los rescoldos que pudo haber recogido Biden de la ASEAN en su reunión de "diez más uno".

Cualquiera de los que se tiraron por la borda del Titanic tenía más instinto político que Yamandú Orsi. Este tiene el "pragmatismo" de un sirviente del Jardín de los Cerezos, que en la obra de Chejov se queda solo, cerrando el final, fiel a sus amos en ruinas, que tuvo por correlato histórico la fidelidad fatal de los zaristas en la Ekaterimburgo de 1918, cuando la familia “real” debió ser un botín restante a los invasores intervencionistas que llegaban a los Urales.

En 1942, Leningrado se quedó sin ratas. Los habitantes de la ciudad sitiada por los banderistas ídolos de Zelenski y, por transitiva, de Lubetkin, comenzaron a comer los cadáveres de los bombardeos porque no quedaba otra comida. Hacían pan con las suelas de los zapatos de los muertos. Las ratas se retiraron. Es posible que alguna, atravesando la nieve, haya llegado al otro lado del cerco y sobrevivido.

No le pido a Orsi dignidad ni principios, ni que cumpla con el pacto electoral de un Frente Amplio que sigue siendo, por definición fundacional, antiimperialista. No le pido que no le tema a Trump ni que no sea genuflexo ante sus mensajeros Schipani y Botana. No le pido ni siquiera una pizca de soberanismo; no le pido ni siquiera que no sea pusilánime, tan solo le sugiero que tenga, al menos, el instinto pragmático de una rata de Leningrado en 1942.

viernes, 10 de abril de 2026

EEUU perdió la capacidad de amenaza ante el mundo

 


La única justificación efectiva del poder despótico es el poder mismo. «La mato porque puedo, porque soy más fuerte, porque es mía». Si el poderoso quiere regodearse en su justificación, puede agregar: «La mato porque me sirvió un mate frío. Destruyo Irak porque tiene armas de destrucción masiva que luego no le voy a encontrar, ni siquiera a plantar una vez que lo ocupe. Y mato a dos millones de iraquíes porque me equivoqué». Esa es una efectiva justificación del poder despótico, porque encierra una amenaza contra el mundo; contra cualquiera que en el mundo sea menos fuerte que Estados Unidos.

Después los pueblos resisten. Resistió Corea, resistió China, rresistió Vietnam, resistió Cuba, resistió Nicaragua, resistió Afganistán, resistió Libia, resiste Venezuela, el propio Irak resistió... Pero siempre Estados Unidos se retiró habiendo causado más daño material y económico que el que recibió. La amenaza de Estados Unidos de causar más daño con sanciones, invasiones y bombardeos siempre ha estado en pie ante cualquier país del mundo al que se le antoje amenazar. Incluso en la guerra que perdió en Ucrania, donde dio un golpe de Estado y estuvo ocho años machacando los territorios rusos que Kruschev entregó para contrarrestar en parte a los polacos, húngaros y rumanos que había entregado Stalin, quebrantando principios antiimperialistas y agregando problemas a la URSS.

Quien salió económicamente más dañado del Maidán prolongado, fue Europa; militarmente fue Ucrania. Pero entre Rusia, que tuvo que batirse en su territorio, y Estados Unidos, que siguió siendo intocable en el suyo, el más dañado fue Rusia, aunque militar y a la postre también económicamente salió ganando. Pero en esta guerra directa de Estados Unidos e Israel contra Irán, el más dañado fue Estados Unidos y ninguna de sus amenazas se cumplió. Diecisiete de sus bases militares fueron destruidas o dañadas; dos de sus portaaviones lo fueron. Su ciudad de turismo e inversiones financieras ideal, Dubái, desapareció en tanto tal. Sus aliados en la región resultaron más dañados que Irán, empezando por Israel con la demolición del mito del domo de hierro. Se aceleró la pérdida del Petrodólar y la ganancia del Petroyuán. China y Rusia ganaron sin participar directamente. Y finalmente, pero no menos importante, cada vez que Donald Trump anunció un apocalipsis, tuvo que suspenderlo.

Primero a los dos días, después a los cinco días siguientes, después a la semana siguiente, después 24 horas después, después 48 horas después... y ahora, dos semanas después.

Por el contrario, cada vez que Irán respondió, lo hizo con los hechos que sus palabras predecían en Promesa Verdadera 1, 2, 3 y ahora en Promesa Verdadera 4. Lo hizo, además, de manera proporcionada y consiguió de esta forma controlar la intensificación de la escalada, la intensificación del conflicto en general y dejar a Estados Unidos sin capacidad de amenaza ante el mundo.

Cuando Donald Trump amenazó hace tres días con “devolver a Irán a la Edad de Piedra”, obviamente estaba confesando la decisión de un crimen de guerra de lesa humanidad, pero todos entendimos que sólo podía lograrlo con un ataque termonuclear. Sin embargo, tenía el objetivo de tratar de recuperar el control de la amenaza. Pero volvió a recular, esta vez de forma más decisiva, porque Irán solo aceptó dos semanas de tregua en caso de que EEUU considerara viables los diez puntos de mediación que Irán imponía; diez puntos absolutamente inaceptables hasta entonces por la potencia mayor.Por supuesto que la guerra no terminó, que no se puede creer en pactos con USA, que Israel sigue en su estrategia de “espacio vital”, hitleriana, atacando al Líbano y oprimiendo los territorios palestinos ocupados por ejército y colonos israelíes (ahora con ley de asesinato de presos palestinos), pero Trump sigue perdiendo verosimilitud mientras la guerra sigue su curso, porque aunque nadie pueda creer de ninguna manera en pactos de EEUU y muchísimo menos en pactos de Israel, que jamás cumplió un pacto, el curso de esta guerra de desgaste es favorable a Irán.

Muchísimos motivos específicos y particulares así lo indican. Desde los geográficos hasta la actual correlación de fuerzas geoestratégicas. Irán tiene la profundidad estratégica territorial de toda Rusia más toda China. Estados Unidos sigue en cierto litigio con Europa por Groenlandia, que sería su posibilidad de cierta profundidad estratégica territorial que obligase a considerarlo del modo en que se consideró a Alemania luego de perder la Primera Guerra Mundial, cuando se la rearmó contra la Unión Soviética, pero más aún luego de perder la Segunda, cuando se le otorgó un Plan Marshall que hoy no está al alcance de ningún factor de poder ni Estado gendarme imperialista.

Esta derrota de Estados Unidos es cualitativamente distinta a la que sufrió en Vietnam, en Afganistán, incluso en Irak, ahora que el país mayoritariamente chiíta se unió a Irán contra los agresores estadounidenses e israelíes. Es una derrota que el mundo está viendo no solo en su carácter de resultado final, sino en cuanto a la capacidad de hacer más daño y, por lo tanto, de amenazar con sanciones, invasiones, agresiones, intensificaciones de conflictos y guerras apocalípticas.

Hace diez días, Trump afirmaba haber sido electo ayatolá de Irán. Había rechazado ese cargo, pero insistía en requerir su decisiva participación en la elección del próximo ayatolá. Del mismo modo, se autoproclamó gobernador de Venezuela, se autoproclamó futuro administrador de Cuba, único tribuno de no se sabe qué cosa de qué paz, superintendente del Estrecho de Ormuz y poco menos que rey del universo. Ahora sabemos, gracias a Irán, que de Trump para abajo cualquiera puede insultar en la red social Truth, puede amenazar con enviar a cualquier país a la Edad de Piedra, puede amenazar con destruir todo el sistema energético de un país, puede autoproclamarse ayatolá, rey, zar o gobernador y presidente de cualquier otro país, pero ninguno puede ser Donald Trump. Donald Trump es Donald Trump porque es el único que puede decir todo eso y otra cantidad de aberraciones por el estilo, sin cumplir absolutamente ninguna de sus amenazas. Y no porque no quiera, sino porque no tiene la capacidad de hacerlo.

El rey está desnudo, igual que el rey del cuento. Y antes de que lo olvide personalmente, el mundo no va a mirar para otro lado. Y cuando lo olvide, seguirá mirando a Estados Unidos, el poder despótico imperialista más criminal de estos siglos, sabiendo que no tiene ya capacidad de amenaza. Que su capacidad de amenaza se reduce a Nigeria, si es que puede. Y a Odonne, el hipersensiblemente cauteloso en sus consejos.