viernes, 27 de marzo de 2026

¿Cuál es esclavo del otro: Estados Unidos o Israel?

 



Desde que el Director del Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent, renunció diciendo que Estados Unidos fue a la guerra por orden de Israel a través del lobby sionista en Washington, el Aipac, Trump aparece ante el mundo como una marioneta borracha sobrevolando Asia Occidental. “Hoy abro a bombazos y marines el estrecho de Ormuz”, pero no; “mañana tampoco”, “el viernes, sí”; pero quién sabe, según qué piolines le muevan los psicópatas de “El Gran israel”.

En su última carta publicada, Cristina Kirchner termina escribiendo tal vez lo único que ningún argentino pueda escribir, decir o ni siquiera pensar, «Churchill tenía razón». Lo que viene al caso es que lo escribe porque antes lo citó diciendo una reverenda boludez, «Hay que estudiar historia». Pudo haberlo dicho cualquiera, en cualquier boliche, en cualquier esquina, en cualquier lado, el Manolito de Mafalda, el Perogrullo de Quevedo, y hasta el mismísimo Javier Milei -este sobre todo-; pero a Cristina la convenció que lo dijo Winston Churchill, el de las «Falklands», el ministro de Municiones del Imperio inglés que llevó la cuenta de las potencias interventoras contra la Revolución rusa en 1918, diciendo que había que “matar al niño en la cuna”, el delfín que integró el gabinete del canciller Balfour, que un año antes envió al banquero alemán Rothschild, la carta de la reina de Inglaterra para invitarlo a colaborar con la ocupación de Palestina por quienes estuvieran dispuestos a, en palabras de Churchill: «Ganarle al comunismo el alma de los judíos».

En su alegato reaccionario, Churchill nombró a los más altos dirigentes de la larga lista de judíos bolcheviques del 17: Lev Davídovich Bronstein (Trotsky), Uritsky, Sverdlov, Sokolnikov, Zinóviev, Kámenev... Lenin había logrado la mayoría en el Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso, en forma decisiva por su postura, en comparación con la de Martov, a favor de la autodeterminación del pueblo judío, organizado para entonces en el Bund, acrónimo de los principales sindicatos proletarios de Rusia y su región. Lenin intentó concretar esa libre autodeterminación en los territorios de Crimea, donde la Revolución liberó a los judíos de los pogromos. Y luego, cuando los invasores intervencionistas occidentales ocuparon Crimea, también apoyó el plan de creación del Estado Autónomo Hebreo en la Federación Rusa, en Birobidzhán, en las intersecciones de los ríos Biro y Bidzhán, en la frontera con China, en el Lejano Oriente de Rusia, donde sí había «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Pero ante el postulado de la carta Balfour, Lenin dejó plasmado —y fue recogido en el tomo 40 de sus obras completas en edición de Fondo de Cultura— que en Palestina, un Estado judío sería un enclave colonial del imperialismo inglés.

Stalin, hacia 1926, terminó de concretar el Óblast Autónomo Hebreo, que aún hoy tiene estatuto de soberanía (es el único óblast que lo tiene en la Federación Rusa actual), cuyo idioma oficial es el hebreo y el yidis, junto al ruso, y todos sus niveles de enseñanza, desde primaria hasta la universidad, se dan en esos idiomas. Pero el creciente relacionamiento de Stalin con el sionismo congresal, a partir de la sustitución de Chicherin por Litvínov en cancillería a la muerte de Lenin, terminó en acuerdos con los sionistas que Trotsky fustigaba, desde una posición de defensa del pueblo judío. Litvinov se volcó a occidente y no a “la enorme mayoría de la población del globo” que escribió Lenin, escéptico de alianzas estratégicas con Ociidente. El pacto de Munich, de 1938, de todos los imperialistas contra la URSS fue el fracaso de Litvinov y su apuesta a la banca judía occidental. Hitler, con el apoyo de occidente, había rearmado Alemania contra “la conspiración judío comunista”. La gran mayoría de los judíos asesinados en los campos de concentración nazis eran proletarios y comunistas o filocomunistas. En cambio los genocidas que hoy gobiernan Israel se referencian en las bandas de derecha nazifascista que Einstein denunció en sus cartas al New York Times, son cruzados de aquel alegato de Churchil.

Einstein puede ser un apellido decisivo para entender el apoyo de Stalin a la creación del Estado de Israel, apoyo sin el cual Israel no hubiese existido. Hubo un factor a tener en cuenta: la disuasión nuclear. Varios de los sionistas que trabajaban en la bomba, e incluso quien sentó las bases teóricas, Albert Einstein, eran partidarios del Estado de Israel en términos irreales, no históricos, aunque luego todos ellos predijeron y deploraron la Nakba (expulsión y en parte matanza de 700 000 palestinos de sus tierras). Con los sionistas acordó Stalin, apoyando la creación del Estado de Israel, en pactos secretos, si es que los hubo, aunque conjeturables, que probablemente incluían la disuación atómica. Lo cierto es que, al poco tiempo, el imperialismo yanqui heredó de Inglaterra de manera incruenta, entre otros, el legado del enclave colonial y colonialista de Israel en Palestina.

Pero al igual que en el cuento largo de Robert Louis Stevenson, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, la criatura terminó esclavizando al propio creador. Ya no digamos a Stalin o Perón, o al segundo batllismo de Uruguay, de incidencia muy limitada, sino al mismísimo imperialismo yanqui.

El arsenal nuclear de Israel, que Jimmy Carter estimó en su momento en unas 300 bombas, le da un poder de chantaje aún mayor que el del «sindicato Epstein», que habría montado el propio Mossad para extorsionar a tipos del linaje y la calaña de Donald Trump.

Por eso son muy verosímiles las denuncias del exdirector de contraterrorismo de que a Donald Trump lo está arrastrando Benjamín Netanyahu a todos los errores posibles e incluso, posiblemente también, al holocausto nuclear.

Sin embargo, tampoco es que necesite que lo arrastren demasiado, Estados Unidos lanzó en Japón las dos bombas atómicas que se usaron para exterminio. Y, desde 1953, ocupó militarmente Irán, derrocando al progresista Mosaded e instalando el régimen del sha Reza Paalhevi. Debajo de la embajada yanqui en Teherán había un centro de torturas que hoy es un museo muy similar al de la ESMA en Buenos Aires.

La revolución de 1979, insurrección popular extraordinaria, tuvo respuestas constantes de EEUU, desde guerras por delagación (1980-1988), hasta bloqueos totales y alianzas incluso con el Pacto de Varsovia (el mundo entero contra Irán, porque China en aquel entonces no contaba). Nunca pudieron cambiarle en régimen, ni siquiera con las estrategias de los neocons que se hicieron más fuertes en el Pentágono en este siglo, desde Rumself hasta Blinken, Nuland y Sullivan. ¿Quién le hizo creer a Trump que él sí iba a poder? Churchil no tenía razón. La tiene Pero Grullo: conviene estudiar la historia.



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